
En Pollensa, el arte parece respirar por las calles. “Ya es un cliché decir que es una ciudad de artistas”, reflexiona Cati Bennàssar, “pero es cierto”. La llegada de pintores a principios del siglo XX configuró el ambiente cultural de la ciudad, mientras que su abuelo, Dionís Bennàssar, y su padre, Toni Dionis, añadieron sus propios matices a este legado.
Desde pequeña, Cati se sumergió en exposiciones y lienzos. “Desde pequeña me encantaba hacer cosas creativas”, recuerda, “como cerámica, dibujo, pintura, costura, collages. Todo me parecía un juego, algo que me hacía sentir bien”.
Aunque su apellido la conecta con un linaje de artistas, Cati insiste en que su propio camino nunca fue planeado. “Nunca tuve la intención de ser artista”, afirma. “Ha sido más bien un proceso vital. Poco a poco, he aprendido por mi cuenta hasta llegar a lo que hago ahora”.
Bocetos que se convierten en historias
Gran parte del trabajo de Bennàssar comienza al aire libre, con su cuaderno de bocetos en la mano. “Es uno de mis mayores placeres”, afirma. “Me encanta la sensación de estar en las montañas, observando y dibujando líneas o salpicaduras de color. Es un momento en el que no piensas. Un momento de plenitud”. Para ella, el simple hecho de dibujar tiene un efecto profundo. “Curiosamente, hacer un dibujo en cualquier lugar, ya sea en la naturaleza o en la ciudad, marca ese momento con fuerza en tu memoria. No tiene nada que ver con sacar el teléfono y hacer una foto. Cuando vuelves a ese dibujo, te transportas de nuevo a ese momento. Lo revives y vuelves a esa presencia”. A partir de estos bocetos, surgen obras más grandes en su estudio, donde el equilibrio y el color se despliegan en composiciones duraderas.
Hilos de resiliencia
Aunque nunca conoció a su abuelo, el célebre pintor postimpresionista Dionís Bennàssar, su historia le ha dejado una profunda huella. «Era alguien cuya mentalidad no siempre encajaba con la sociedad de su época», reflexiona. Su vida estuvo marcada por profundas penurias: la temprana pérdida de su madre y su hermano, el trauma de luchar en Marruecos y la inimaginable experiencia de una ejecución simulada durante la Guerra Civil Española. De estas experiencias surge un contraste que resuena en su propia obra. En muchos sentidos, sus lienzos reflejan tanto la herencia como la transformación. Donde Dionís llevaba el dolor, Cati crea refugio.
Su padre, Toni Dionis, también la ha influido, aunque sin quererlo. “A primera vista, nuestros estilos son muy diferentes”, afirma, “pero a veces noto rasgos suyos en mis pinturas… simplemente sucede así”. Su interés por el zen y la meditación vipassana contribuyó a moldear su filosofía de dejar ir. “Para mí, pintar es libertad, un estado en el que dejo que las cosas sucedan”, explica. “Si la gente puede recuperar un momento de paz al observar mis pinturas, entonces todo habrá valido la pena”.
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