El ritmo de vida Mediterráneo

Vivir despacio es una tendencia cada vez más arraigada en la sociedad general

Últimamente la vida se ha acelerado bastante. Con frecuencia nos quejamos de lo atareados que estamos, del poco tiempo que tenemos. Corremos contra reloj para acabar con la interminable lista de tareas diarias, trabajos pendientes, requerimientos familiares, obligaciones laborales… y nos levantamos al día siguiente y todo vuelve a empezar. Por eso intentamos hacer todo más rápido y ahorrar tiempo, de un modo que realmente no nos permite conectar con nuestra propia existencia. Incluso la gratificación tiene que ser instantánea. ¡No hay tiempo que perder!

Pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Muchos pensamos que si no estamos muy ocupados, no estamos viviendo al máximo. Creemos que la vida se mide por la actividad que podemos embutir en ella y el éxito, por la carga que asumimos. La competitividad, con nosotros mismos y los demás, nos hace entender que debemos llevar siempre la delantera, tanto para prosperar como para simplemente subsistir. Y los síntomas de este modo de vida son evidentes: cansancio, ansiedad, descontento.

El movimiento Slow no es nuevo. En oposición al concepto de fast food, a principios de los noventa se creó en Italia la noción de slow food, que fue la pionera del rechazo a la cultura de la velocidad. Con el tiempo se hizo extensiva a muchos otros ámbitos, desde los negocios a las relaciones, la educación o el ejercicio. Hoy es una filosofía general, o modo de vida, que prima la idea de hacer las cosas bien sobre la idea de hacerlas rápido, la calidad sobre la cantidad, lo pausado sobre lo precipitado. Prefiere la artesanía a la producción en masa, lo local a lo importado, el viaje al destino.

Eso no quiere decir que el movimiento Slow obligue a hacerlo todo lentamente o que desdeñe la vida contemporánea. Lo que busca es el equilibrio, que seamos nosotros los que controlemos nuestro tiempo y la tecnología actual, en vez de que sea al revés. Los datos muestran que en los últimos quince años la población extranjera de las Baleares se ha duplicado.

Y es innegable que muchas de las personas que han fijado aquí su residencia lo han hecho para reducir la marcha, para cambiar la agotadora y repetitiva existencia de las grandes ciudades por el modo de vida propio de una isla mediterránea. En Londres, Madrid o Berlín, por ejemplo, no es siempre fácil seguir los principios Slow, mientras que la vida en Mallorca tiene algo que invita a echar el freno, que incluso obliga a hacerlo. Consciente o inconscientemente, para mucha gente, mudarse a la isla es el primer paso para adoptar la filosofía Slow. Es probable que el traslado aquí plantee alguna que otra dificultad, pero uno siempre puede seguir un consejo que se suele dar a los recién llegados: “Simplemente acepta que las cosas pueden llevar algo más de tiempo…”. Se trata de aprovechar la oportunidad de imprimir a la vida un ritmo más tranquilo, un ritmo que priorice el disfrute del tiempo sobre las cosas, que permita saborearlas y experimentarlas. Vivir el aquí y ahora, y saborear lo Slow.

Fotos: Sa Punta de S’Aguila, Son Bunyola Estate

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